¿CUAL PUEDE SER LA APORTACION ORIGINAL DEL IEME A
LA IGLESIA ESPAÑOLA EN LA ACTUALIDAD?:«VOLVER A CASA»
Carlos Munilla[1]
«Corren tiempos recios», decía Santa Teresa. Cada momento histórico, tiene sus desafíos y retos, a la vez que, sus encrucijadas y laberintos. Los seres humanos tenemos la tendencia a absolutizar lo nuestro, a sacralizar lo que vivimos y a pensar que nuestro momento histórico es el más complicado y más recio. Podemos llegar a caer en un narcisismo histórico que nos alejaría de la realidad. Un mayor conocimiento de la historia nos ayuda a relativizar nuestra época, y a tomar distancia del hoy histórico, para vivir el kairos eclesial que Dios nos esta regalando.
En este momento «recio» nos queremos hacer una pregunta importante:
¿Cuál es la aportación original que el IEME puede hacer a la Iglesia española en la actualidad? Como introducción voy a utilizar la imagen del viajero, que quiere significar la importancia de volver a casa.
La vida es como un viaje, un salir de si permanente y continuado. Pero lo verdaderamente esencial, más importante que el viaje en sí, es la vuelta a casa. La vuelta a casa le da hondura y profundidad al viaje. La vuelta a casa da tal densidad de eternidad a cada uno de los momentos del viaje, que nos configura a niveles insospechados. Todos los días salimos de nuestra casa: vamos al trabajo o a la universidad, andamos a comprar, nos encontramos con personas…y después, tarde o temprano, volvemos a casa. Al volver a casa, nos descalzamos, nos ponemos ropa cómoda, nos sentamos en el sofá, vemos la televisión, leemos un buen libro, compartimos nuestro día a día y, de alguna manera, renovamos las fuentes de nuestra identidad. Al volver a casa no solo rozamos la frescura de nuestra identidad, sino que la palpamos y fortalecemos.
Es curioso. Al mirar la historia, podemos reconocer que en los momentos más críticos siempre ha habido un movimiento interno de «volver a casa». Por ejemplo, si contemplamos la profunda crisis que la humanidad vivía en los siglos XV y XVI en Europa, vemos que el Renacimiento supuso un volver a Grecia y encontrar inspiración en las fuentes clásicas, para poder mirar el futuro con esperanza, y seguir caminando. Si volvemos la mirada hacia el siglo XX, cuando la Iglesia Católica estaba en una profunda crisis de identidad, podemos considerar el Concilio Vaticano II (1962-1965) como un volver a «casa»; es decir, volver a las fuentes patrísticas y a la Sagrada Escritura. Ahí quedaron sentadas las bases de un aggiornamento para poder dialogar con el mundo contemporáneo. Más aún, si acudimos al mismo evangelio, descubriremos que los discípulos, tras la muerte y resurrección de Jesús, decepcionados primero y llenos de expectativas después, tuvieron que volver a Galilea, tuvieron que volver a sus orígenes, tuvieron que «volver a casa». En definitiva, volver a casa nos renueva en lo que somos, en nuestra identidad más radical.
Pero, la verdadera novedad nace del surco de la Tradición. Qué importante es la «vuelta a los principios del cristianismo»[2]. Volver a la Tradición es volver a las fuentes originarias que nos dan vida; es entregarse a los principios mismos del cristianismo que lleva consigo la praxis de fe, esperanza y caridad de tantos siglos de historia. Para pensar con acierto la situación en la que nos encontramos hoy, es preciso volver a las fuentes, teniendo en cuenta todo cuanto nos enseña una tradición integral respecto al sentido de la misión de la Iglesia.
En diferentes aspectos sociales, culturales, y espirituales, estamos llamados a aprender que una vuelta a nuestros orígenes es vital. En el particular viaje de nuestra vida, y en cada momento histórico que vivimos, la vuelta a casa es decisiva.
En el viaje de la vida estamos llamados a manejar dos principios hermenéuticos que, a su vez, son existenciales: fidelidad a nuestros orígenes y actualización de nuestra identidad en el hoy. En una de las paredes de la Sagrada Familia de Barcelona, me encontré con esta frase: «la verdadera originalidad consiste en volver al origen». El mismo Heidegger, en uno de sus libros escribía que «la esencia de las cosas está en su origen».
Y hoy, se nos ofrece esta pregunta: ¿Cuál es la aportación o la originalidad que el IEME, en pleno siglo XXI, puede ofrecer a la Iglesia española, en este momento de complejidad y confusión, pero también de renovada esperanza?
Para ofrecer un intento de respuesta, y para delinear una «fidelidad creativa» a los orígenes en la actualidad eclesial, hay un nudo gordiano que estamos llamados a desatar. Es un tema que estamos llamados a reflexionar, que voy a tratar de expresar en estas líneas. Pero nos vamos a encontrar con una dificultad hermenéutica, que conviene reconocer desde los inicios: la cultura es como «las gafas con las que miramos la realidad», y a veces: ¡hay que quitarse las gafas culturales para poder ver bien!
Hemos de reconocer ese nudo gordiano, que nunca podemos dar por supuesto: el momento histórico-eclesial en el que surgió el IEME, es muy diferente de nuestro momento actual. ¿Podemos ser capaces de nombrar, reconocer, sentirnos identificados con los principios inspiradores del IEME para poder ser fieles a ellos en el hoy eclesial? ¿Cuáles son estos principios inspiradores permanentes, que continúan más allá de los cambios histórico-eclesiales? Todo este texto está escrito desde un «a priori»: cuando los mismos principios inspiradores son releídos a la luz de contextos socio-culturales-eclesiales nuevos, pueden cambiar las conclusiones de nuestros discernimientos.
Esta «flexibilidad evangélica» es la que estamos llamados a vivir, y va a ser la lógica interna que pretendo seguir en esta pequeña aportación:
1. ¿Cuáles son los principios inspiradores del IEME cuando nos acercamos a sus orígenes, cuando «volvemos a casa»?
2. ¿Qué hay de diferente y de nuevo en este contexto histórico-eclesial del 2024, en comparación con los orígenes, que nos puede arrojar nuevas luces?
3. ¿Qué conclusiones podemos intuir para caminar juntos, siempre juntos, para realizar un discernimiento comunitario y sinodal, para ir construyendo o recibiendo el futuro que Dios quiere del don del IEME?
1. ¿Cuáles son los principios inspiradores del IEME cuando nos acercamos a sus orígenes, cuando «volvemos a casa»?
Para contemplar los principios inspiradores del IEME, hay que ir a su carta fundacional, a la carta que envió el mismo papa Benedicto XV al arzobispo Benlloch de Burgos en 1919 (7 meses antes de escribir la Maximum Illud), recogiendo la intuición previa que había tenido Gerardo Villota unas décadas antes. Ofrezco los cuatro párrafos de la Carta fundacional que me parecen más relevantes y sugerentes con un pequeño comentario seguido. En estas líneas podemos recoger los principios inspiradores que constituyen la raíz y la identidad del IEME (Instituto español de misiones extranjeras) en relación a lo que Benedicto XV había escrito:
a) «Y esa oportunidad se te brinda ahora con creces en la nueva diócesis confiada a tus desvelos».
En los inicios ya aparece una Iglesia local concreta, un lugar concreto con nombre y biografía propia: Burgos. La Iglesia universal se concretiza en una diocesis. Pero, todavía estamos en un modelo de Iglesia universalista, que como dice el Código de Derecho Canónico de 1917, el Romano Pontífice es el primer responsable de la acción evangelizadora de la Iglesia. Todavía, en este modelo eclesial universalista los obispos son meros delegados del Papa (que es como el obispo de la diocesis del mundo).
b) «Sea procurar por cuantos medios estén a tu alcance que, dentro de las murallas de Burgos, jóvenes escogidos del clero y llamados por Dios para anunciar el evangelio a los infieles se formen con toda seriedad para ser enviados a las misiones extranjeras».
Podemos observar que en su origen aparece el hecho de promover la llamada a sacerdotes «diocesanos» (aunque esta terminología no se usaba en tiempos de Benedicto XV, porque el redescubrimiento de la Iglesia local vendrá posteriormente. En el Vaticano II se ponen las bases y presupuestos, para que el postconcilio pueda desarrollar la teología de la Iglesia local) para la misión ad gentes. El texto originario habla de enviados a las misiones extranjeras. ¿Cómo se entendían las misiones extranjeras a inicios del siglo XX y como se entienden ahora? ¿Podemos reconocer que ha habido una evolución en la teología de la misión desde Benedicto XV a Francisco? ¿Qué significaba ese ser «enviados a las misiones extranjeras»? Seguramente, se refiere a una salida geográfica, a salir de los países cristianos a zonas que están sin evangelizar en un modelo unidireccional de misión. En época de Benedicto XV se distinguía entre territorios de misión y territorios de cristiandad; hoy, la misión está en todos los lugares, debido a muchos factores: procesos de descristianización, globalización, etc.
c) «Y esto se refuerza aún más con el dato de que, por designio del cielo ahí, en esa honorable ciudad en la que tienes tu sede, vas a encontrar los inicios de algo de este orden ya que, como bien sabes, Gerardo Villota, sacerdote de santa memoria, en su afán de ayudar tanto a las diócesis de América Latina, como a las misiones de infieles, echó los cimientos (a más no llegaban sus modestos recursos) de un Colegio que consta de dos secciones, una para formar operarios que trabajen en diócesis ya constituidas y otra para formar misioneros».
La inspiración originaria de Gerardo Villota podría formularse así: «sacerdotes españoles diocesanos unidos para la misión ad gentes». Me sorprende como aparece en la configuración del Colegio de Villota dos secciones: una para formar sacerdotes que trabajen en diocesis ya constituidas, y otra para formar misioneros. Sorprendentemente, de alguna manera, diocesis y misión van de la mano desde el mismo origen del Colegio.
d) «y no cabe poner en duda que sobre todo tus hermanos en el episcopado español querrán unirse a ti, con cuantos medios estén a su alcance, tratándose de algo decisivo como lo es el desarrollo de la santa Iglesia»[3].
En su origen está implicado el episcopado español. Los obispos, como he mencionado antes, eran simples delegados del Papa. Tendremos que esperar al Vaticano II, para que gracias a Lumen Gentium 21, aparezca una de las formulaciones dogmáticas más revolucionarias: la sacramentalidad del episcopado. Gracias a la sacramentalidad del episcopado[4] se van a provocar dos importantes consecuencias: una, eclesiológica, y la otra ministerial. La que interesa a nuestra temática está en relación con el tema eclesiológico, ya que la iglesia local va a encontrar su identidad teológica como sujeto con clara y definida autoconciencia eclesial gracias a la teología del episcopado, ya que los obispos son el «principio y fundamento visible de unidad en sus iglesias particulares»[5], y esto no puede ser entendido más que en el seno de su iglesia y en el dinamismo de la comunión entre iglesias. La relación entre la iglesia local y el obispo hizo su aparición en el mismo desarrollo de la reflexión conciliar, por eso no determina el planteamiento eclesiológico global de la Lumen Gentium.
«La eclesiología conciliar arranca desde una perspectiva unitaria y universalista. Su planteamiento se despliega desde la Iglesia, y no tanto desde las iglesias»[6].
En resumen, los principios inspiradores que podemos recoger al acercarnos a la intencionalidad de Benedicto XV serían los siguientes:
a) la idea originaria nace y se concreta en Burgos, en una diocesis y lugar concreto;
b) para promover la llamada a la misión ad gentes entre los jóvenes sacerdotes «diocesanos»;
c) en el que está implicado el mismo episcopado español.
Volver a casa es volver a la frescura original del Evangelio y a la persona de Jesús para encontrar la fuente de la misión.
2. En comparación con los orígenes, ¿qué hay de diferente y de nuevo en este contexto histórico-eclesial del 2024, que nos puede arrojar nuevas luces?
Esta es la pregunta que lanzaba al comienzo, y que ahora voy a tratar de desarrollar. Intentaré ser concreto para buscar más clarificación: lo haré en dos pasos, una mirada al contexto eclesial cuando surge la propuesta de Benedicto XV, y otra referida al momento eclesial actual con el Papa Francisco.
El contexto eclesial de Benedicto XV
Cada carisma nace en un determinado contexto histórico y eclesial. Cada modelo de Iglesia conlleva un modelo de misión, y viceversa. ¿Desde qué modelo de Iglesia y modelo de misión habla y propone Benedicto XV? Claramente, estamos ante un modelo de Iglesia universalista, centralista y piramidal, que nació con la Reforma Gregoriana y alcanzo su climax en el Vaticano I con la promulgación de la infalibilidad del Papa. Dicho modelo ha dominado prácticamente todo el segundo milenio, y «las Iglesias en plural han quedado relegadas a un plano secundario; y ha hecho de la infalibilidad in credendo del Pueblo de Dios algo meramente pasivo. El Pueblo de Dios se ha visto reducido a una masa informe, sin voz ni protagonismo ni posibilidad de maduración. Estamos en el contexto de los previos de la Maximum Illud. ¿Cuál es el peso histórico-teológico de la Maximum Illud? Quizás podemos resumirlo en dos intuiciones: el adiós a una etapa misionera marcada por el colonialismo moderno, y el inicio de una perspectiva que abre el camino a una nueva teología de la misión.
Maximum Illud (1919) es un punto de inflexión, no solo en la historia de las misiones sino también en la historia de la iglesia. Es un documento profético[7], que prepara a la iglesia para afrontar el mundo posterior al colonialismo. El documento tiene una doble mirada y perspectiva:
a) Por un lado, supone un «decir adiós» y poner fin al modelo colonial: conquistar nuevos territorios, con una actitud de superioridad cultural y religiosa; una visión negativa de las religiones no cristianas y de la posibilidad salvífica de sus miembros; un planteamiento unidireccional de la misión, dentro de una concepción eclesiológica clerical, trasplantando a regiones lejanas el modelo eclesial europeo, con la tentación particularista, con una lógica de la modernidad donde evangelizar y colonizar se confunden; donde junto a la fe se transmitía la cultura occidental, buscando intereses económicos, nacionalistas y además, con pretensiones imperialistas para dominar los territorios ultramarinos, etc. Quizás el exponente más claro de esta mentalidad misionera está marcada por la lógica moderna que podemos encontrar en la Conferencia de Edimburgo de 1910.
b) Y, por otro lado, este magnífico documento supone el «inicio de una perspectiva distinta» que abre el camino a una nueva teología de la misión, y pone los presupuestos y la semilla de lo que el Vaticano II sancionará a su debido momento. Algunos logros de este documento son los siguientes: llevar a cabo una purificación evangélica de la misión, reivindicando la promoción del clero nativo; la necesidad de establecer iglesias locales insertadas en el contexto y en la cultura de los diversos pueblos; ayudar a que tomen carta de ciudadanía las iglesias jóvenes, haciendo una apuesta por la pastoral de conjunto y la comunión inter-eclesial. Se empieza a dar carta de legitimidad al proceso que se denominara con el tiempo «inculturación». Se percibe una mayor conciencia de que la misión es una responsabilidad de todos; hay una centralización del trabajo misionero; se apuesta por la despolitización de los nacionalismos y la des-europeización de la misión. Hay un cambio teológico de la misión. Merece especial atención la importancia de la iniciativa del ministerio de Pedro, en la persona de Benedicto XV, dando una voz profética en este momento histórico tan importante, desbrozando un camino lleno de esperanza, que tendrá su culmen en el Concilio Vaticano II.
Pero todo esto con las limitaciones y los condicionamientos de la época:
a) Todavía se mantiene una visión negativa y pesimista de la situación de los destinatarios,
b) También se da una prioridad absoluta a las OMP (que son signo de la eclesiología centralista y universalista que he intentado expresar, donde todo pasa por Roma; pero, para ser justos hay que reconocer la aportación de las OMP para fomentar la dimensión misionera también en las Iglesias locales).
c) Se mantiene, además, el modelo de una Iglesia con dos vertientes claramente desiguales: la vertiente de la sagrada Jerarquía y el lado de los simples fieles.
d) los cambios que he señalado son lentos y fatigosos.
Como vemos, podemos decir que la carta que envía el papa Benedicto XV al arzobispo Benlloch se sitúa en un momento de transición, que debemos tener en cuenta para abordar la originalidad del carisma del IEME.
El contexto eclesial actual con Francisco
La idea inspiradora sigue siendo la misma: hay una correlación entre modelo de Iglesia y modelo de misión, y viceversa. ¿Cuál es el modelo de Iglesia que vivimos en la actualidad? Francisco está intentando recuperar el modelo eclesiológico que nos ofrece el Vaticano II:
a) un modelo eclesiológico de communio ecclesiarum, con un principio interno, que es la mutua interioridad entre la Iglesia universal y la Iglesia local.
b) un modelo eclesial que recupere lo que puso en juego la revolución copernicana del capítulo II de Lumen Gentium, donde la categoría vertebradora sea el Pueblo de Dios.
c) el redescubrimiento de la Iglesia local (SC 41.42, LG 23.26, ChD11 y AG 20) y la sacramentalidad del episcopado (LG 21) han significado una auténtica revolución eclesiológica.
Desde este cambio eclesiológico, el modelo de misión cambia. El sujeto primario de la evangelización y del sensus fidei es la Iglesia local (Evangelii Gaudium 30), en la que el obispo es su principio y fundamento de unidad (Cfr.LG 23). En el modelo de Iglesia Universal, el IEME durante estos 100 años de historia ha tenido una forma histórica concreta, que ha ido transformándose con las vicisitudes de la historia (por ejemplo, durante 100 años ha dependido de Propaganda Fide, signo y expresión de la Iglesia Universal); pero ahora, en un modelo de comunión de iglesias, intuición privilegiada del Vaticano II, que todavía durante el post-concilio no ha podido llegar a ser un principio determinante, y en medio del proceso sinodal que estamos viviendo, el hecho de empezar una nueva etapa como IEME con una mayor vinculación a las Iglesias locales y a la Conferencia Episcopal, es el mejor signo de que la «sana descentralización» que propone Francisco, tanto en Evangelii Gaudium como en Praedicate Evangelium, es un camino nuevo a recorrer. La relación con Dios y la lógica de la fe nos hablan de que siempre estamos viviendo un nuevo inicio.
La misión debe ir en correlación con el modelo de Iglesia. ¿Qué modelo de misión demanda y requiere un modelo de communio ecclesiarum? Las Iglesias locales están llamadas a la misión universal. Pero durante todo el segundo milenio, las Iglesias al plural han estado marginadas, la infalibilidad del Pueblo de Dios se ha convertido en algo pasivo: una masa informe sin voz ni palabra, el sensus fidei ha estado silenciado desde la Reforma Protestante hasta nuestros días (LG 12 y EG 119) …
Pero, si el contexto eclesial ha cambiado en su raíz: a nuevo contexto eclesial, nueva forma histórica de ser IEME; los principios inspiradores no pueden cambiar, la esencia y la identidad son la misma, pero debe ser expresada a la medida del nuevo contexto eclesial que estamos viviendo: un modelo de Iglesia como communio ecclesiarum en pleno proceso sinodal que esta haciéndose de forma dinámica y abierta. Hay algunas intuiciones del proceso sinodal que parecen ser del Espíritu y se van haciendo certeza de fe:
a) El proceso sinodal está haciendo emerger una nueva figura de Iglesia dando un paso más en la recepción del Vaticano II. Vamos aprendiendo a vivir la unidad en la diversidad de contextos, culturas e Iglesias en el marco de la communio ecclesiarum.
b) Estamos ante un nuevo giro eclesiológico, en el cual se retoma el camino de la recepción conciliar a partir de la categoría Pueblo de Dios, y de la horizontalidad relacional que se deriva del bautismo. El Pueblo de Dios no es la suma de bautizados, sino el nosotros eclesial, sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad (Instrumentum Laboris 2024,3).
c) Hay una conciencia emergente de catolicidad desde la polifonía de las Iglesias locales, en palabras de Tillard, una Iglesia de Iglesias. «La catolicidad de la Iglesia nunca ha coincidido con un universalismo abstracto» (IL 2024, Lugares). La practica del sensus fidei fidelium, que ha definido la dinámica del proceso, permitió la emergencia de la comprension teológica de esa portio populi Dei que es la Iglesia local (IL 2024, 39), como aparece en ChD 11.
d) La Ecclesia tota (no universal) es la expresión de la comunión entre las Iglesias y de ellas con la Iglesia de Roma.
e) Repensar el nuevo modelo de Iglesia desde la relación entre el capitulo II (revolución copernicana) y el capitulo III de la Lumen Gentium.
f) Se descubre la sinodalidad como articulación madura de la eclesiología del Pueblo de Dios. La sinodalidad no es un modo de ser Iglesia, sino que es «el modo». Parafraseando a Karl Rahner, la Iglesia del futuro será sinodal o no será.
g) A nuevo modelo de Iglesia, nueva forma de vivir la ministerialidad y la misión.
h) Recuperar la unidad y la relación esponsal entre Obispo e Iglesia local. El Obispo es primordialmente y prioritariamente pastor de su Iglesia local, más que miembro que pertenece al Colegio Episcopal.
i) La Iglesia es por naturaleza tan misionera como sinodal como jerarquica. Hay que conjugar el sensus fidei y la infalibilidad del Pueblo de Dios con la identidad eclesial de la autoridad jerarquica.
Es más que evidente que, este nuevo contexto eclesial arroja una nueva luz a los principios inspiradores. Pero no podemos ser ingenuos, hay que reconocer una cosa importante, que voy a intentar resumir en pocas palabras: cuando contemplamos la difícil estación del postconcilio podemos intuir tres etapas en el tiempo histórico, que nos ayudan a orientar con más precisión nuestra reflexión teológico-eclesiológica: a) del final del Vaticano II (1965) hasta el sínodo extraordinario de 1985 tenemos una primera etapa de conflicto de hermenéuticas en cuanto al evento conciliar, con algunos acontecimientos históricos clave (mayo del 68, polémica con la recepción de la Humanae Vitae, sínodo de 1969, la crisis de las conferencias de Holanda y EEUU…), que merecen la pena de tener en cuenta, por sus repercusiones e influencias en nuestra temática; b) una segunda etapa que va del sínodo extraordinario de 1985 al inicio del pontificado de Francisco (2013), donde la categoría «eclesiología de comunión» va a concentrar y absorber todas las reflexiones eclesiológicas posteriores, produciéndose una implementación involutiva, y al mismo tiempo, nos encontramos con una marginalización y ostracismo de intuiciones clave para la mens de los padres conciliares como eran la importancia de la iglesia local, el modelo de la catolicidad de la communio ecclesiarum, e incluso la categoría de pueblo de Dios como clave de lectura del concilio, pero curiosamente, van a pasar a un lugar secundario; y c), una tercera y última etapa, que se inicia con el papa Francisco y su documento programático Evangelii Gaudium (2013), con un intento de poner en el centro la conversión pastoral y misionera de la Iglesia en clave sinodal, pretendiendo recuperar las categorías olvidadas (pueblo de Dios, iglesia local y el modelo de la communio ecclesiarum), para volver a las intuiciones del Vaticano II.
Pero debemos tener claro el hilo vertebrador de nuestro tema:
«A nuevo modelo de Iglesia (comunión de iglesias), nueva forma histórica del IEME, releída por el nuevo contexto eclesial, pero respetando los mismos principios inspiradores de su origen».
3. ¿Qué conclusiones podemos intuir para caminar juntos, siempre juntos, y realizar un discernimiento comunitario y sinodal, para ir construyendo o recibiendo el futuro que Dios quiere del don del IEME? ¿cuál puede ser la aportación y contribución más original del IEME a la Iglesia española en este momento actual?
1. Ante el individualismo feroz que atraviesa el corazón de la sociedad y de la Iglesia, el IEME ofrece un cauce para la misión ad gentes, siendo una asociación de sacerdotes de distintas diocesis españolas que pone en el centro el trabajo en común. Vivir la misión ad gentes en otras culturas, sirviendo a otras Iglesias locales, promoviendo el espíritu misionero allí donde estemos, poniendo en el centro el trabajo en grupo. El cristianismo del futuro será comunitario o no será.
2. Ante el repliegue defensivo provocado en Europa por la crisis de descristianización y secularización, que tiene su expresión en la reducción numérica en cada diocesis de sacerdotes, el IEME ofrece un cauce como posibilidad para los sacerdotes diocesanos que quieran vivir la misión en otras culturas y contextos, viviendo una desapropiación de sí mismos, y a su vez, una desapropiación de las propias Iglesias locales que ofrecen el don de estos misioneros, signo de generosidad en un intercambio de dones y carismas en un modelo eclesiológico de comunión de Iglesias. Sacerdotes diocesanos misioneros sirviendo a otras Iglesias locales en otros continentes para ser signo de la universalidad de la Iglesia. En tiempos de escasez, más generosidad.
3. Ante la desesperanza y el pesimismo en el que puede caer la Iglesia de España, el IEME es un cauce para vivir la diocesaneidad en otras culturas. Hay más alegría en dar que en recibir. La misión le regala dinamismo, esperanza, futuro y vitalidad a la Iglesia.
4. Ante el avance y la fascinación que provocan los nuevos movimientos eclesiales el IEME sigue apostando por las Iglesias locales, por la raíz de la espiritualidad diocesana. Lo cual no significa negar la aportación y el don de estos Nuevos Movimientos, con los que hay que trabajar, caminar, acompañar y colaborar con ellos, pero siempre teniendo firmemente claro que, la raíz diocesana debe ser el centro desde el que pivota la vida eclesial y que, por ahí, todo debe converger para la misión: iglesias locales con diversidad de carismas, unidas para la misión universal.
5. Ante las batallas ideológicas eclesiales que se viven en tiempos de polarización, el IEME ofrece un servicio para poner la mirada en lo esencial: la misión, el Evangelio, Jesús y la opción preferencial por los últimos, para salir a las culturas de primer anuncio. La misión ayuda a la Iglesia de España a desideologizarse.
6. Ante una sociedad secular y plural que ofrece muchas sabidurías de espiritualidad con una tendencia gnóstica de liberarse de las mediaciones de la fe y saltarse la lógica de la Encarnación (Cristo sin Iglesia, espiritualidad sin religión…), el IEME ofrece recuperar la lógica de la fe cristiana: no hay inmediatez con Dios sin mediaciones (la mediación del IEME, el grupo, la diocesis, el obispo…).
7. Ante la tentación de que cada obispo se enroque y se encierre en su isla diocesana, el IEME promueve una comunión entre iglesias locales abiertas a la misión favoreciendo una relación indisoluble entre la Iglesia local abierta a la misión, es decir, abierta a otras iglesias y al mundo, y el deber de los obispos de la responsabilidad de la misión universal (AG 38) y la responsabilidad del todo el Pueblo de Dios para con la misión, volviendo a las intuiciones del primer milenio.
En conclusión, las intuiciones del IEME siguen siendo proféticas en el hoy eclesial, quizás más que nunca, y no debemos perderlas. Una vez que nos hemos acercado a los principios inspiradores del IEME, y los leemos a la luz del nuevo contexto eclesial podemos afirmar que: «a nuevo modelo de Iglesia, nueva forma histórica del IEME». A un modelo de catolicidad de communio ecclesiarum y mutua interioridad entre Iglesia universal y local, una nueva forma histórica del IEME mas vinculado con las Iglesias locales y más en relación y comunicados con los obispos como principio y fundamento de unidad de las Iglesias locales (LG 23), para generar y potenciar la dimensión misionera de las Iglesias locales, y ayudar a que sean sujetos con autoconciencia eclesial. Estamos ante un carisma que, el IEME reconoce en la Iglesia local para la misión universal. El IEME es el regalo que Dios hace a las Iglesias locales de España para que estén abiertas a la misión universal. Si somos fieles a los principios inspiradores, con una fidelidad creativa al hoy eclesial, aunque seamos una minoría, seremos fecundos al estilo de Dios. La eficacia no depende de lo controlable, sino del corazón desbordante de Dios que no calcula. El IEME es un don de Dios, que hay que aprender a recibir y, a la vez, hay que mostrar para darlo a conocer.
[1] Carlos Munilla Serrano es sacerdote de Zaragoza y miembro del IEME, que ha trabajado 4 años en el mundo rural de Zaragoza en Longares y Alfamen (2008-2012), y en la diócesis de Osaka (Japón) desde 2013 al 2022. Licenciado en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza (1996-2000). Ha realizado los Estudios Eclesiásticos (2003-2008) en el CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón). Licenciado en Misionología y Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (2022-2024), y actualmente realizando el doctorado.
[2] Cfr.Congar, Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, 279.
[3] Carta del papa Benedicto XV al arzobispo Benlloch con la propuesta de fundar en Burgos un centro nacional de formación para clérigos (30/4/1019).
[4] LG 21.
[5] LG 23.
[6] Bueno de la Fuente, Eclesiología del Papa Francisco, Montecarmelo, Burgos 2018, 157.
[7] B. Lobo – I. Morali – R. Pinto, Maximum Illud: la missione tra storia e attualità, GBP, 2020, 25.
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