Revista ID419

viernes, abril 17, 2015

Estos días previos al comienzo de la primavera hemos visto florecer los almendros. Los parques, las carreteras y caminos, las lindes de los pedazos de tierra que se engalanaban de almendros se cubrían con un manto que competía con las nieves que cuelgan aún de las montañas.  Era todo como una gran sinfonía de luz que cegaba la visión. Me parecía un preludio de la gran luz que ofrece la Pascua de Cristo.

¡Ay si todo nos fuera luz y pureza como estos días disfrutamos en la vida, en la naturaleza! Imaginad si de repente todo esta belleza y candor quedara inoculada en cada corazón humano, como si de una vacuna se tratara que produjera un efecto que repeliera cuanto de macula, de fealdad o de pecado quisiera inhabitar en el corazón. ¿Imaginamos la transformación del mundo, de la vida?

El Señor pretendió algo parecido cuando se transfiguró en el monte y produjo aquel bienestar a los discípulos hasta desear a estos prolongar su permanencia. Era tal sentido del placebo, del bienestar, que no les importaba quedarse en aquella contemplación. El Señor les tuvo que chascar los dedos para que volvieran en sí y entraran de nuevo en la realidad.

La belleza de la Pascua, la blancura de su luz, el sueño de la inmaculada realidad que produce, se nos da como destino y como tarea, posiblemente como ritmo, pero depende de nosotros también echarnos en remojo, restregarnos tanto amor propio que no nos deja ver el lugar en el que nos encontramos, tanto cenizo egoísmo que impide ver el rostro de mi hermano, tanto acopio de codicia y soberbia que nos ciega ver la riqueza de la Pascua.





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