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Un misionero de cuerpo entero

jueves, septiembre 04, 2014

En la mañana del día 2 de septiembre, el cáncer derrotó a nuestro compañero y amigo CIRILO TERRÓN HERNÁNDEZ. Había luchado a brazo partido (sólo Dios y él saben lo que sufrió y disimuló) pero la implacable guadaña impuso su ley. Los que lo conocimos podemos certificar que Cirilo fue una persona, un cristiano, un sacerdote y un misionero de una sola pieza.


Es hijo de la guerra civil y la posguerra (nace en Tejeda del Tiétar, Cáceres, el 9 de Julio de 1938) y desde niño queda impactado por la pobreza, la marginación y la explotación que sufren los pobres en su Extremadura natal. Eso marca su fe y su compromiso para siempre. Y con ello decide ser sacerdote y misionero en América Latina, a través del Instituto Español de Misiones Extranjeras. Nos ha dejado sus memorias o “Recuerdos” (por poco no logró verlos publicados). Leyéndolos, uno diría que se apropió e hizo en él carne el verso del cubano José Martí: Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar. Lo hizo en Colombia (1965-1972), en Perú (1973-1981), en Nicaragua (1981-1987), de nuevo en Perú (1987-2008) y lo siguió haciendo en España, jubilado ya, desde entonces hasta ayer.


Una palabra resume la vida de Cirilo: coherencia (con su pensamiento y con su fe). Lo sabían muy bien los parroquianos de Malpartida, Plasencia-España (los “chinatos”, su primer amor, como gustaba decir); los campesinos de las riveras del rio Magdalena en Colombia (su primer amor americano); lo sabían muy bien los campesinos de los valles de Huara-Sayán-Churín y Nepeña-Moro- Jimbe y sus respectivas serranías en Perú, así como los mineros de Oyón y Raura a casi 5.000 m.s.n.m.; lo sabían muy bien los campesinos de la parroquia de Jalapa en Nueva Segovia -Nicaragua- con quienes escuchó silbar muchas veces las balas de “la contra” por encima de sus cabezas; lo sabían muy bien los pobladores, nuevamente en Perú, de las barriadas de Hualmay (Huacho) y Canto Grande (Lima), golpeados unas veces por el terror de Sendero, otras por el de los uniformados y siempre por la pobreza. Y lo sabemos los que hemos compartido con él alguna de esas etapas, incluida Madrid, desde su silla de ruedas motorizada, tratando de conservar su autonomía y “molestar lo menos posible”.

Si algún pecado cometió Cirilo ha sido el no contar entre sus prioridades el cuidado de su salud. Eso pasa factura y él lo ha pagado caro, pero con mucha dignidad…
Ayer fue enterrado en La Sacramental de S. Isidro, Madrid, tras el funeral, presidido por su obispo de Plasencia, don Amadeo Rodríguez, junto a un buen número de familiares y amigos.

Sin ninguna duda ya habías escuchado, Cirilo, aquello de: “Ven bendito de mi Padre porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed…”


                        José Mª Rojo García

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